Archivos Mensuales: mayo 2012

Algunas son más iguales que otras. (Così fan tutte)

 

Acá de nuevo, de entrecasa. Ya se fueron las visitas (@MargheritaCaro1 y @Danielagreda), ya regresé de mi tour triunfal por España y ahora me pongo las pantuflas, el pijama y enciendo la pipa para escribir otra vez. Todo mentira. Primero porque no fumo y segundo porque estoy escribiendo sentado en un café y me mirarían raro si estuviera con pantuflas. Ya me miran raro porque escribo con bolígrafo sobre un cuaderno, qué no sería si lo hiciera enfundado en un pijama.

Hoy volvemos a Mozart, en su tercera ópera con el mismo libretista; más datos en Wikipedia, pero te adelanto que las otras dos óperas también las tratamos aquí, así que si quieres puedes revisar las anteriores entradas. Me refiero a “Così fan tutte”, una divertida ópera en dos actos llena de piezas dedicadas a conjuntos. Eso ya lo verás en los enlaces, por ahora vamos con el argumento:

La acción transcurre en una Nápoles del siglo XVIII. Digo “una Nápoles” porque la versión del libretista y del propio Mozart es bastante folletinesca y muy poco napolitana, pero por allí no quiero ir.
En un café vemos a dos amigos, Ferrando y Guglielmo, quienes comentan orgullosos que sus respectivas novias, Dorabella y Fiordiligi, les serán siempre fieles. Se suma a la conversación Don Alfonso que por un premio de cien cequíes -al cambio actual son como yoquesecuántos dólares-  les apuesta que ellas dos y todas las mujeres son igualmente infieles y asegura poder demostrarlo en un solo día. Los ingenuos enamorados aceptan la apuesta, para lo cual fingirán haber sido llamados a la guerra, volverán disfrazados y tratarán de conquistar a la novia del otro. Hay gente que lo hace sin disfraz y sin simular guerras pero bueno, esto es una ópera. Sigamos. Vemos a las dos chicas -hermanas ellas- quienes están alabando las virtudes de sus novios (no precisamente esas, por lo menos no delante de los nobles espectadores que asisten a la ópera) y en eso llega Alfonso y les cuenta las malas nuevas -lo de la guerra, no sobre los espectadores en la platea, que en esta ópera no rompemos la cuarta pared-. Luego llegan los muchachos, se despiden de las mozas y vemos el barco alejarse mientras ellas quedan desconsoladas y Alfonso se regodea pensando en el dinero que ganará con la apuesta.

Más adelante vemos a las hermanas en su habitación mientras Despina, su doncella, al saber lo que sucede, les recomienda conseguir nuevos amantes en reemplazo de los que están en la guerra, ya que -según ella- los soldados siempre son infieles. Alfonso teme que la taimada Despina reconozca a los caballeros y eche a perder la apuesta, entonces la soborna para contar con su colaboración. No es el primer caso en el que vemos a una criada ser insobornablemente fiel a su amo. A su amo el dinero, quiero decir.
Llegan los novios disfrazados de albaneses bigotudos (un saludo a nuestros lectores de Albania, que son legión) y tratan de conquistar a las chicas, sin embargo no tienen éxito. Me inclino a creer que por causa de los bigotes.
Más adelante, mientras las hermanas lamentan su mala suerte en el jardín, Despina le pide a Alfonso permitirle hacerse cargo del plan de seducción. Llegan los “albaneses” amenazando con envenenarse si no se les permite cortejar a las hermanas, ante lo cual Alfonso intenta calmarlos pero ellos igualmente beben el veneno y se desmayan. Acto seguido se presenta un médico -Despina, como ya se habrán imaginado- quien con un gigantesco imán marca Acme (bueno, no, pero bien podría ser) los revive. Ellos, simulando una suerte de alucinación, exigen que las diosas que ven ante sus ojos -que no son otras que las desconcertadas hermanas- los honren con un beso. Las jóvenes se niegan pero Alfonso y el doctor travestido les sugieren tenazmente hacerlo.

Ya en el dormitorio de las hermanas, Despina les aconseja que accedan a galanteo de los bigotudos. Cuando esta se retira, Dorabella le confiesa a Fiordiligi que se siente tentada, y concuerdan en que un simple flirteo no tiene nada de malo y las ayudará a pasar el tiempo mientras llegan sus verdaderos amados. Tssss… Ahora por mucho menos que eso se arma un talk show con invitados, panelistas y que pase el desgraciado…
Entonces tenemos los pares ordenados así: Dorabella con Guglielmo y Fiordiligi con Ferrando. La verdad es que Dorabella no se resiste mucho al galanteo y termina por entregarle al albanés… un medallón con el retrato de Ferrando (ingenuota ella entregando la prueba del delito). Ferrando en cambio no tiene tanto éxito con Fiordiligi y termina por enojarse cuando descubre que el medallón con su retrato está en manos del amante. Guglielmo en un primer momento acompaña en su dolor a Ferrando, para luego ponerse en plan de macho alfa uno ya que su novia le sigue siendo fiel.
De regreso en la habitación Dorabella admite ante Fiordiligi su “indiscreción” y la hermana, enojada, pretende ponerse en marcha para seguir al ejército y encontrarse con su amado. Sin embargo, antes de poder salir de la casa, llega Ferrando quien sigue cortejándola para finalmente alcanzar su objetivo. Guglielmo entonces se aflige y sufre las burlas de Ferrando así como antes él se había burlado; aparece Alfonso, ganador de la apuesta, pidiéndoles que las perdonen porque “así hacen todas” y finalmente los amigos admiten su derrota.
Siguiendo con el engaño vemos una doble boda entre las hermanas y sus novios albaneses, boda oficiada por Despina disfrazada de notario -obviamente- cuando de pronto a lo lejos suena una marcha y Alfonso confirma el regreso de los oficiales. Los de los bigotes corren, supuestamente a esconderse, para regresar vestidos con sus ropas de oficiales y encontrarse con sus amadas. Alfonso les muestra el contrato matrimonial, lo leen, se enfadan y se retiran, para volver luego vestidos esta vez mitad de albaneses y mitad de oficiales; el notario se muestra como Despina y las hermanas terminan por entender que fueron engañadas. Finalmente todo se perdona bajo la premisa de que se deben tomar las cosas por el lado bueno. Incluso las infidelidades. Después de todo “todas son iguales”.

Pongamos algunos enlaces para borrar esta perturbadora imagen:

Este es el quinteto “Sento, oh Dio, che questo piede…” cuando los oficiales les dicen a las muchachas, en combinación con Alfonso, que deben partir a la guerra:

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Alfonso y las dos hermanas cantan “Soave sia il vento” mientras el barco se aleja, en un montaje contemporáneo:

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Cecilia Bartoli, como Despina, canta “In uomini, in soldati…” mientras aconseja a sus amas que se consigan unos amantes mientras sus novios están en la guerra:

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La misma aria pero con la soprano Danielle de Niese en el rol de Despina:

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Acá las hermanas con los albaneses del bigote tratando de convencerlas y luego ellos con Alfonso:

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Esta es el aria “Come scoglio” cuando Fiordiligi manifiesta que siempre será fiel. Aquí canta también Cecilia Bartoli, quien siendo mezzosoprano accede a roles de soprano gracias a su amplio registro:

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Aquí cuando las chicas deciden finalmente pasar el rato con los albaneses mientras dure la guerra:

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Dorabella y Guglielmo cantan “Il cuore vi dono”:

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Elina Garanca como Dorabella canta “È amore un ladroncello”cuando le confiesa a Fiordiligi su “tropezón”:

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Aquí Fiordiligi cae finalmente en los brazos de Ferrando (interpretado por Luigi Alva):

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Para terminar, la escena final, del matrimonio y el descubrimiento del engaño:

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¿Ya saben lo que viene ahora? Exacto: la parte en la que les digo que para comunicarse conmigo lo hagan mediante este blog o buscándome en Twitter como @Malfitan0 y que si quieren leer todas las entradas comiencen por acá.

Yo por el momento los dejo y me voy a casa, no vaya a ser que un albanés esté parado en la esquina escuchando ópera.

Cortito y todo para atrás (Il barbiere di Siviglia)

Hace algún tiempo decidimos con @MargheritaCaro1 hacer un intercambio de rehenes -o pupilos ya que está de moda “Juego de Tronos”- de modo tal que ella se comprometía a escribir un artículo para publicarlo en este blog y yo a cambio (en represalia sería mejor si tenemos en cuenta el nivel de mis escritos) le entregaba uno para que lo publicara en el suyo.

Así fue que ella nos regaló su visión de “La fanciulla del West” que publicamos hace poco y yo le entregué la semana pasada lo que escribí sobre “El barbero de Sevilla”.

Para que los que siguen este blog puedan leer esa entrada, y de paso conocer el magnífico blog que ella lleva, les paso el link al artículo para que lo lean allá:

Cortito y todo para atrás (Il barbiere di Siviglia)

Mientras ustedes hacen eso yo me quedo haciendo guardia aquí, parado en la esquina escuchando ópera.

Bajo un sol forastero. (La fanciulla del West)

Bueno… bueno… me demoré unos días en publicar esta entrada porque sufrí un accidente laboral: tuve que trabajar.

En cualquier caso yo estoy seguro que estuvieron entretenidos con la magnífica primera colaboración del blog. Como las cosas buenas vienen en pares (dicen que vienen en tríos pero todavía no me consta) aquí les dejo otro artículo escrito especialmente para que lo publique en “Parado…” En este caso se trata de la gentil Margherita Carosio (@MargheritaCaro1) quien desde España me regala su mirada sobre “La fanciulla del West” (La jovencita del oeste) de Puccini, lo que vendría a ser, más o menos, un Spaghetti Western. Los dejo con Margherita y todo su saber operístico.

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Mira que me gusta Puccini, pero durante mucho tiempo ver “La fanciulla del West” me apeteció tanto como que me dieran un sopapo; el tema es que no, que no… ¿El salvaje oeste cantando ópera? Me imaginaba a John Wayne lanzando gorgoritos y es que no, que no… Pero un día me decidí porque Puccini merece, por lo menos, un voto de confianza. He aquí la historia:

“Érase una vez, allá por el salvaje oeste, cuando la fiebre no se medía en grados de temperatura, sino en gramos de oro, una linda muchachita que se llamaba Minnie. Minnie regentaba un saloon  en una población de mineros; como es de suponer, todos ellos estaban perdidamente febriles, no sólo por el oro, sino por sus huesos (los de la muchacha), pero ella ¡ay! soñaba con que, un día, llegaría su príncipe azul (aunque, con la polvareda de aquellos andurriales, lo más probable es que si iba de azul no se le notara mucho). El caso es que Minnie, que cuidaba a los mineros como una madre o una hermana y les impartía instrucción cristiana, era a la vez depositaria (por aquellos entonces aún no habían abierto las Cajas de Ahorro) del oro que éstos iban encontrando, y lo guardaba en un tonel, bajo el mostrador. Como se puede suponer, por aquellos parajes merodeaban feroces bandidos atraídos, no por el olor de las sardinas, sino de las pepitas de oro, que sin duda eran mucho más cómodas de obtener una vez que los mineros ya las habían rescatado del río. El más temible de todos era un tal Ramérrez (sí, ya lo sé, deberían haberle llamado Ramírez, cosas de la ortografía del que escribió la novela original, que era norteamericano), que quería echar mano a Minnie… bueno, perdón, a su tonel… quiero decir a las pepitas… bueno, vamos… a las pepitas de oro que Minnie guardaba en el tonel. Jack Rance, el sheriff, que tampoco podía faltar en esta historia, no sólo trataba de poner orden en el lugar y de mantener a raya a los bandidos, sino que también quería echar mano -este sí- a Minnie. Pero Minnie no paraba de recordar al desmemoriado Rance que tenía una esposa.

Un buen día, llegó al saloon un forastero, Dick Johnson (sí, como Johnson & Johnson, el del champú para bebés pero con un “dick” por delante). Minnie y él se habían conocido años atrás, en un breve y casual encuentro en el que él le ofreció flores. Luego Dick desapareció y la cosa no llegó a más, pero aquella fugaz colisión fue suficiente para que Minnie sintiese un pellizco… en el corazón, lo que hizo que jamás pudiese olvidar a aquel misterioso forastero. Por eso, cuando vio aparecer de nuevo al del pellizco (en el corazón), sintió como si un montón de picaronas mariposuelas le hiciesen cosquillas en el estómago (vamos, que la muchacha andaba entre pellizcos y cosquillas) y, cuando el sheriff Rance (que desconfiaba hasta de la camisa que llevaba puesta) quiso meterse con el forastero, no fuera a ser que resultase ser un bandido, Minnie le dijo: “¡¡Quietoooooorrrr!! (saludos, Chiquito de la Calzada) ¡A este hombre… ni tocarlo! ¡Que yo respondo!” ¡Pues menuda era nuestra heroína!

En esta ocasión, Johnson y Minnie pudieron hablar con mayor detenimiento, ya que el del champú… perdón, el forastero, esta vez no tenía ninguna prisa pues había venido al saloon… sí, a buscar el oro. El tal Johnson resultó ser Ramérrez que, sin embargo, ganado por la bondad y el voluntarioso carácter de Minnie fue incapaz de meterle mano… al tonel. Cubriendo de elogios a Minnie, Johnson (que ya estaba sintiendo también el pellizco) se despidió; la muchacha, perdidamente enamorada ya de él, le invitó a visitarla esa misma noche en su cabaña de la montaña.

Ya en casa de Minnie, mientras Wowkle (la india que ayudaba a Minnie en las tareas domésticas) preparaba la cena, llegó Minnie y le anunció que serían dos para cenar;  al oírlo,  la india abrió unos ojos más grandes que los platos que estaba colocando en la mesa, pues era la primera vez que Minnie tenía una cita. Rápidamente, Minnie se puso a acicalarse, aunque estaba tan aturullada que no acertaba a ponerse en condiciones ni las botas. En éstas, llegó Johnson y Minnie, aunque hacía mucho frío, sintió que se derretía… Eso sí, aunque enamorada, nuestra heroína no era tonta, así que le preguntó a Dick si aquel día había ido al saloon a verla a ella o buscar a una tal Nina Micheltorena (que por lo visto era una pájara de cuenta, una “loba” de las de “a este cojo, a este dejo”) Dick, que cada vez iba sintiendo el “pellizco” ese con más fuerza disipó las dudas de Minnie… hasta tal punto que logró que ésta le diese su primer beso… Llegados a este punto, ya los dos estaban febriles perdidos el uno por el otro.

El destino quiso que, cuando Dick iba a marcharse, empezara a nevar, lo que dio un argumento a Minnie para conseguir que su amado se quedase con ella a pasar la noche; eso sí: ella en la cama y Johnson en un sofá. Pero hete aquí que, en medio de la noche, de repente alguien se puso a golpear con gran insistencia en la puerta de Minnie; era el sheriff, con tres hombres más. No sin antes esconder a toda prisa a Dick, Minnie abrió la puerta, y lo primero que le soltó el sheriff fue que su famoso “amiguito” Dick Johnson no era otro que el peligroso bandido Ramérrez; él: “Que sí, que es él” y ella: “Que no, que no puede ser…” acabáramos…

Una vez que Minnie consiguió que aquellos inoportunos visitantes se marchasen, llegó la hora de “cantarle las cuarenta” (por supuesto, en bastos) a Ramérrez. Y, así, después de ponerle más verde que la hoja de un perejil a pesar de que el muchacho trataba de defenderse diciendo que ella le había hecho arrepentirse de su vida de bandolero, Minnie le mandó a tomar por… quiero decir, a tomar viento (que debía de hacer mucho, porque era una noche cruda de invierno donde las haya). Al poco de salir Ramérrez de la cabaña, se oyó un tiro: por lo visto el sheriff se había quedado al acecho y había conseguido hacer blanco en su presa porque Ramérrez, herido, tuvo que volver a entrar en la cabaña y Minnie le escondió en el altillo.

Cual sabueso que babea tras su presa, el sheriff  llamó a la puerta de Minnie, convencido de que ésta había escondido al herido. Después de un rato, cuando Minnie ya estaba a punto de convencer a Rance de que Ramérrez no estaba  allí, empieza a llover… pero no fuera, sino dentro, y no agua, sino las gotas de sangre de Ramérrez que, recordemos, estaba herido en el altillo. Triunfante como un pitbull que le hubiera hincado el colmillo a la pantorrilla de un cartero, Rance subió al altillo, “enganchó” a Ramérrez y lo bajó a rastras. Entonces Minnie, que tenía las pepitas de oro, si me dejo entender, propuso a Rance una apuesta; jugarían los dos a las cartas y, si ganaba ella, Ramérrez sería libre y si ganaba Rance… serían suyos el herido y también ella. Se pusieron a jugar. La primera partida la ganó Rance… la segunda Minnie… en la tercera Minnie, que había tenido la prudencia de esconderse un as, no en la manga sino en el calcetín, fingió un desmayo y, mientras el sheriff se despistó para traerle un vaso de whisky, al volver se encontró con que ella ¡tacháaan! le mostraba, triunfante, un “full” de ases. Así que, más mosqueado que un pavo el día de Navidad, el sheriff se fue y Minnie se abrazó a Johnson, que ya era todo suyo.

Pero ahí no terminó la historia. Una madrugada Rance, mientras dormitaba, al igual que otros mineros, en un claro del bosque, cerca de sus caballos (¿se habrían quedado sin casa?) escuchó tiros y gritos de alegría; era que habían capturado al bandido (a Ramérrez sí, vamos, que la palabra del sheriff valía tanto como una moneda de cuero). Atado como una morcilla, trajeron la presa ante el sheriff y empezaron las deliberaciones acerca de cómo debía efectuarse la ejecución. Se decidieron, al fin, por hacerle “bailar” de una cuerda; menos mal que el que tenía que prepararla se entretuvo todo lo que pudo a ver si le daba tiempo a Minnie a venir a rescatar a su amado. Y cuando ya la soga estaba rodeando la garganta del infortunado Ramérrez, de pronto se oyó el galopar del caballo de Minnie que, como el séptimo de caballería, llegó justo a tiempo para el rescate. Aun con Minnie presente, Rance dio la orden de colgar al preso… pero nadie le hizo caso, porque todos los ojos estaban fijos en Minnie… Minnie,  que había sido un ángel para ellos, que les había cuidado cuando estaban enfermos, que había sido para ellos madre, hermana, maestra… Minnie apeló, uno a uno, al buen corazón de aquellos mineros; les recordó aquella última lección que les impartió sobre el camino de redención que todos podemos obtener. Y, finalmente, aquella valerosa mujer se ganó los corazones de todos… y el preso fue puesto en libertad y, los dos juntos, se fueron hacia un futuro mejor. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.”

Fragmentos musicales:

Aquí el sheriff Rance, trata de darle penita a Minnie para que le haga caso:

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En éste, Minnie le habla al del champú (perdón, a Dick) acerca de cómo se desarrolla su vida solitaria en el salvaje oeste:

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Aquí es cuando Minnie ha descubierto quién es en realidad Dick y lo pone a parir; él trata de defenderse, alegando que el amor de ella le ha reformado:

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A continuación, la partida de póker en la que Minnie se juega la vida de Rance y su propia dignidad:

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En este fragmento, tenemos al pobre Ramérrez que, a punto de ser colgado como un chorizo, tiene el pobre todavía ánimos para cantar:

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Y, por fin Minnie, que ha llegado al rescate, consigue salvar a su caballero:

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Esto fue “La Fanciulla…”. Muy divertida. Muy Puccini, a pesar del polvo, el oro y los balazos. Si quieren más ya saben que en la red se encuentra de todo, yo por mi parte me quedo con el sabor de lo que Margherita supo contarnos.

Si quieren colaborar con el blog o dejar algún comentario pueden ponerse en contacto conmigo acá mismo o buscarme en Twitter como @Malfitan0 y si quieren leer todas las entradas del blog o saber de qué va esto comiencen por acá.

Como en Lima no hay ni un solo Saloon esperaré encontrarme con una cantinera sexy mientras estoy parado en la esquina escuchando ópera.

Los jardineros musculosos no son un invento del cine XXX (Katerina Izmailova)

Supongo que ahora estarás pensando “¡Epa! ¿Qué pasó? Si apenas el viernes estábamos leyendo sobre M. Butterfly ¿cómo así hoy miércoles ya hay otra entrada?”. Si lo recuerdas, en el párrafo final del post del último viernes dije que pronto alguien me podría acompañar en esto de estar parado en la esquina escuchando ópera. Y así es. Estamos creciendo. Despacio pero creciendo, y hoy comienzo a publicar las colaboraciones que lectores -amigos- tienen la amabilidad de escribir especialmente para este blog. Siempre sobre óperas y siempre con humor, con sencillez, pero cada uno con su propio sello, a su manera. Esto recién comienza y no puedo prometer que saldrá con periodicidad (no puedo prometer eso ni de mis propios escritos) pero cada vez que algún lector -amigo- quiera colaborar con “Parado…” tiene el escenario y la orquesta a su disposición.

Inaugura esta nueva etapa un conocido del blog, Daniel Ágreda (@danielagreda), de quien ya habrán leído algo en la entrada sobre “La Bohème” y a quien también mencioné en “Tosca”. Él sí que sabe de música. De toda la música, y como les resultará obvio en un rato cuando lo lean, sabe mucho de ópera. Hace ya un tiempo me había ofrecido un artículo para el blog y yo me apuré a aceptarlo antes de que se arrepintiese. Así fue como conocí la ópera de la que les va a hablar, ya que hasta entonces nunca la había escuchado. Otra de las ventajas de juntarse con gente que sabe más que uno. Los dejo con Daniel y Katerina Izmailova.

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Recuerdo que cuando estaba en el colegio nos dio con unos amigos por proyectar óperas en un salón de clases. Y no se nos ocurrió mejor idea para promocionarlas que mencionar el contenido de sexo y violencia que ofrecían algunas de ellas: “Carmen” fue un éxito indiscutible de asistencia, al igual que “Tosca” o “Rigoletto”. ¡Lo que hubiese dado por presentar en el colegio la versión fílmica de “Katerina Izmailova”!

Esta obra fue escrita por el compositor ruso Dmitri Shostakóvich en la década de 1930 como  “Lady Macbeth del distrito de Mtsensk” pero la censura de Stalin fue muy amable y lo convenció de guardarla hasta 1962 cuando volvió a ser presentada, ahora con el nombre de “Katerina Izmailova”,  y el éxito ya no le fue esquivo. Más, como siempre, en Wikipedia.

El argumento va más o menos así…

Katerina es una hermosa mujer poseedora de un temperamento fuerte y unos pechos… digo, una personalidad avasalladora. Está casada con Zinoviy, un comerciante exitoso aunque feíto y aburrido  con quien, digámoslo con tacto, no pasa nada. El pobre es tan lento que hasta su padre (Boris, el suegro de Katerina) no tiene más remedio que vigilar para que Katerina no lo corone con el primer tipo que se le cruce en el camino. Es por eso que cuando Zinoviy sale en un nuevo viaje de negocios, Boris no le quita mirada a Katerina y además la mantiene encerrada en la hacienda, obligándola a preparar el veneno para las ratas que pululan por doquier, a ver si así entiende cuál es su lugar en la familia.

Todo iba más o menos como en cualquier hogar promedio (el marido de viaje, la esposa aburrida en casa y el suegro haciéndole la vida imposible) cuando, de pronto, ingresa a trabajar en la hacienda un nuevo empleado: el guapo, fornido, atractivo y galante Sergei, quien había sido despedido de su anterior trabajo por haber seducido a la esposa del patrón. ¿Es necesario que continuemos o ya le quedó claro a todo el mundo cómo va a terminar este asunto?

Bueno, sigamos nomás. La atracción entre Sergei y Katerina es inmediata, evidente y huracanada. La cuestión es que luego de la primera noche en que hacen el amor (en la cama de Zinoviy, el marido) son descubiertos por el suegro, quien manda a azotar a Sergei a en presencia de Katerina, mientras ella clama por piedad para que detengan la tortura. Una vez terminado el castigo, al suegro no se le ocurre mejor  idea que humillar a su nuera, ordenándole que le sirva algo de comer; es así como Katerina le prepara un delicioso plato de setas con ensalada y… veneno para ratas.

(*Anoten caballeros: nunca le pidan a una mujer furiosa que les prepare la cena*)

Muerto el suegro, Katerina libera a Sergei y mantiene un tórrido romance con él a vista y paciencia de los demás peones quienes se tragaron el cuento de que la muerte del suegro fue por un infarto. La “puesta de cuernos cama adentro”  les dura algunas semanas hasta que regresa a casa Zinoviy, el esposo, a quien Katerina le cuenta rapidito nomás toda la verdad, restregándole en la cara que con él no pasaba nada y que, cof cof, con Sergei, cof cof, sí pasa de todo, cof cof, ejem ejem. Con las mismas, y en vista de que la situación no les dejaba otra salida, Katerina y Sergei ahorcan a Zinoviy y lo entierran en una de las barracas de vino. Y, ahora sí, la pareja podrá consumar su amor sin ningún problema y sin perder tiempo en nimiedades tales como un suegro pesado y un esposo celoso.

Habiéndose declarado oficialmente desaparecido a Zinoviy (en todas las óperas, la ingenuidad de las autoridades es factor fundamental), llega el día de la nueva boda: Katerina y Sergei celebran a lo grande y se arma el jaranón con banquete, bailes, comida y tragos en cantidades industriales. Esta situación resulta injusta para uno de los trabajadores de la hacienda, quien al no estar conforme con el pan y el agua que le tocó por almuerzo, decide ingresar a una de las barracas para robar algunas botellas de vino, aprovechando que todos están distraidísimos. Pues bien, este trabajador no solo consigue robar el vino sino que además encuentra el cadáver de su patrón, Zinoviy ,hecho que cuenta inmediatamente a la policía.

La policía interrumpe la fiesta y Katerina, con una frialdad impresionante (y bueno… Rusia… invierno…), confiesa ambos crímenes y se entrega; Sergei trata de huir pero es atrapado por los agentes del orden. Ambos terminan en una cárcel de Siberia, y si no quieren que les espoilemos el final, sáltense el siguiente párrafo.

Katerina y Sergei continúan su romance en la cárcel. Pero Sergei ahora culpa a Katerina de todas sus desgracias y se consigue a una chica más joven y más bonita que ella. Esta jovencita, de nombre Sonyetka, no pierde oportunidad para humillar a la pobre Katerina, ya sea en la cárcel, en el campo durante los trabajos forzados o sobre el barco que los lleva de un sitio a otro sobre las gélidas aguas de los ríos siberianos. ¿Cómo termina todo? Cuando Sonyetka decide burlarse nuevamente de Katerina, justamente mientras viajaban en un barco. Katerina, que solo se había limitado a mirar hasta ese momento con furia a Sonyetka, se abalanza sobre ella y la empuja al agua, lanzándose ella misma también, para asegurarse de que no pueda salir a flote. Katerina muere pero se lleva con ella a Sonyetka, dejando en claro que con las protagonistas de las óperas es mejor no meterse.

Y aquí vienen algunos links…

Todos estos links han sido tomados de la versión cinematográfica de Mikhail Shapiro, de 1966, recientemente restaurada en los EEUU. Lástima que no tengan subtítulos… aunque explicando un poco de qué van las escenas, la traducción no se hace imprescindible.

Aquí, Sergei irrumpe por primera vez en la habitación de Katerina y claro, cómo no, ella no lo esperaba, por supuesto, cómo pueden ustedes imaginarse que la señora sería capaz de semejante afrenta a su marido. Digamos que ella se resiste hasta que en el minuto seis aparece el suegro preguntándole si pasa algo en su habitación, y ella dice que no, que todo está genial…

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Aquí, un bonito dúo en el que Katerina y Sergei se declaran mutuamente su amor (y de paso planean cómo asesinarán al marido cuando regrese de su viaje). Nótese que ella está rebosante de amor y cariño por Sergei. Luego Sergei se pone un poco nervioso por haber asesinado al suegro de Katerina, y ella le dice, súper fresh y súper cool, que no se preocupe y, aplicando sus artes femeninas, ejem ejem, lo tranquiliza para luego… ver un paneo hacia la copa de los árboles porque la censura rusa no nos iba a permitir NUNCA ver en qué terminaba la escena.

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En esta escena vemos cómo Katerina y Sergei son sorprendidos en la cama por el esposo. Sergei se esconde, el marido entra, ella miente, ambos pelean, él trata de golpearla, Sergei la defiende y ella, en plena discusión, le restriega en la cara a su esposo las… digamos, “bondades” de Sergei. Al final el pobre esposo termina cornudo, humillado y ahorcado por ambos. Fíjense bien en la contextura, la vestimenta, la voz, los movimientos y hasta el peinado del esposo de Katerina, ¡todo un personaje!

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Aquí tenemos el matrimonio de Katerina, la protesta del obrero pobre (en clave de comedia) y el hurto de las botellas de vino de las barracas, con el consecuente hallazgo del cadáver de su difunto patrón. Luego, va donde la policía a contar lo que vio. Al final, alterna escenas de la fastuosa boda y la llegada de las autoridades.

 

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Y, aquí, la escena final… Sonyetka se burla nuevamente de Katerina (le ofrece comida sin otro objetivo que humillarla), pero esta última se encontraba un poquito de mal humor y no estaba para aguantar pulgas. ¿Recuerdan que estaban en un barco sobre las aguas congeladas de un río siberiano? Nótese lo tensa de la escena, y eso que prácticamente no cantan en ella.

 

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Así termina el extraordinario artículo de Daniel. Yo solo quiero agregar unos enlaces adicionales a otras versiones de la misma ópera. Dije que no la conocía, no que seguía en la ignorancia.

Aquí en una representación en un festival operístico italiano

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Este es el inicio de la ópera en una versión fílmica más osada que la que nos presentó Daniel.

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Y para terminar tenemos a la soprano holandesa Eva Maria Westbroek en el mismo rol en una puesta del 2006

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Admito que no es una ópera fácil pero así como le enseñé a mi hijo cuando era pequeño a comer de todo para acostumbrarse a todos los sabores, también recomiendo escuchar todo tipo de ópera para acostumbrarse a los sonidos.

Entonces, si quieren leer todas las entradas pueden comenzar por acá y para colaborar con el blog, dar su opinión o comentar algo pueden escribirme aquí mismo o buscarme como Malfitan0 en Twitter. Y sigan leyendo, nunca se sabe quién puede estar conmigo parado en la esquina escuchando ópera.